El silencio de las redes sociales

Hace unos meses hubo un apagón mundial que dejó durante varias horas sin servicio a WhatsApp, Facebook e Instagram.

Recuerdo aquel día porque me hizo reflexionar sobre algo que hasta entonces no me había cuestionado demasiado: ¿hasta qué punto depende mi tranquilidad de estar conectada?

En aquel momento estaba atravesando una temporada en la que muchas emociones se estaban removiendo en mi interior. La imposibilidad de comunicarme a través de aquellas aplicaciones me produjo cierta ansiedad y, cuando me di cuenta, apareció una nueva pregunta en mi cabeza: ¿qué me estaba pasando para que algo tan aparentemente insignificante me afectase de aquella manera?

Decidí experimentar conmigo misma.

Durante una temporada me propuse reducir el uso de las redes sociales. No fue una decisión especialmente radical, simplemente quería comprobar qué ocurría si dejaba de acudir a ellas con tanta frecuencia. Quizá también necesitaba demostrarme que seguía teniendo el control sobre algo que había incorporado a mi rutina casi sin darme cuenta.

Y lo curioso es que no ocurrió nada revelador.

Mi vida siguió prácticamente igual.

Me di cuenta de que estar presente en las redes sociales o desaparecer de ellas durante una temporada no modificaba demasiado las cosas importantes de mi vida.

Es cierto que tienen una utilidad evidente. En mi caso, compartir contenido me permite mostrar mi trabajo, promocionarme y proyectar una determinada imagen de mí misma. Las redes son una herramienta profesional que puede facilitar que otras personas me conozcan y se interesen por lo que hago.

Pero una cosa es utilizarlas como herramienta y otra muy distinta sentir la necesidad de estar pendiente de ellas.

También comprobé que mis relaciones personales no dependían de aquella presencia constante. Mi familia y mis amigos seguían estando ahí, aunque pasaran semanas sin ver sus historias de Instagram o sin publicar nada sobre mi propia vida.

Las personas que querían saber cómo estaba me escribían. Y yo podía hacer exactamente lo mismo.

No necesitábamos observarnos continuamente para seguir formando parte de nuestras vidas.

Con WhatsApp la cuestión me parece algo diferente. Se ha convertido en una herramienta de comunicación tan habitual que resulta difícil imaginar nuestro día a día sin ella. Pero también ha generado una especie de expectativa de disponibilidad permanente.

Podemos comunicarnos prácticamente con cualquier persona en cualquier momento. Y, sin embargo, esa posibilidad no siempre se traduce en una mayor tranquilidad.

A veces parece que tenemos que estar disponibles, responder, consultar y comprobar. Como si desconectarnos durante unas horas significase perdernos algo importante.

Y aquí aparece otra cuestión que me interesa especialmente: ¿por qué acudimos tantas veces al móvil sin tener realmente nada que hacer en él?

Creo que, además de nuestra necesidad de relacionarnos con otras personas, existe una búsqueda constante de pequeños estímulos placenteros. Las notificaciones, los mensajes y las novedades pueden activar nuestros mecanismos de recompensa y reforzar el hábito de consultar las aplicaciones una y otra vez.

Pero sospecho que también hay algo más.

En mi propia experiencia he observado que, cuando estoy emocionalmente inquieta, me resulta mucho más fácil buscar distracciones. El móvil se convierte en una manera rápida de dirigir mi atención hacia cualquier cosa que no sea aquello que estoy sintiendo.

Sin embargo, cuando me encuentro tranquila, cuando estoy a gusto conmigo misma y no siento la necesidad de escapar de mis pensamientos, esa atracción disminuye considerablemente.

Incluso llego a percibir las redes sociales como una pérdida de tiempo y quizá esa sea la reflexión más importante que me dejó aquel pequeño apagón.

Quizá la verdadera libertad no consista en poder conectarnos siempre que queramos, sino en ser capaces de desconectar sin sentir que nos falta algo.

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