Ralentizar el tiempo
Últimamente me estoy fijando en cómo transcurren mis mañanas. Me despierto, me distraigo un rato con el móvil si todavía no tengo prisa por levantarme y, en cuanto pongo un pie fuera de la cama, comienza una secuencia casi automática de cosas que hacer. Una tarea detrás de otra, una pequeña obligación detrás de la siguiente, hasta que, sin darme apenas cuenta, ya es la hora de comer.
A esto se suma algo que cada vez me llama más la atención: parece que mi cerebro está programado para buscar pequeñas distracciones placenteras cada poco tiempo. Un vistazo al móvil, algo de comida, cualquier estímulo que me proporcione unos segundos de satisfacción. Como si incluso en los momentos de descanso necesitase estar haciendo algo.
Tengo muchas ideas sobre las que me gustaría escribir, pero últimamente me cuesta centrarme en una sola. Quizá porque todas acaban llevándome, de una forma u otra, a la misma cuestión: el tiempo y nuestra manera de vivirlo.
La filosofía, que estoy empezando a estudiar con la intención de incorporarla a mi vida, aborda desde distintas perspectivas una preocupación que parece acompañar al ser humano desde siempre: la búsqueda de la felicidad.
Durante muchos años me pregunté qué significaba realmente ser feliz. Con el tiempo, mi idea de felicidad se ha ido alejando de la euforia, de los grandes acontecimientos y de las emociones intensas, para acercarse cada vez más a algo mucho más sencillo y, paradójicamente, más difícil de conseguir: la serenidad y la tranquilidad mental.
Pero hay algo que últimamente me produce una especie de vértigo.
Siento que mi vida transcurre demasiado rápido.
Apenas soy consciente de los días que pasan. Las semanas se suceden, los meses se acumulan y, cuando intento recordar en qué he invertido todo ese tiempo, tengo la sensación de haber vivido muchas cosas, pero de no haberme detenido lo suficiente en ninguna.
Desde la adolescencia me preocupé por ocupar mi tiempo al máximo. Crecí con una especie de lema grabado en la cabeza: «Aprovecha el tiempo».
Y vaya si lo aproveché.
Durante mis veintitantos años fui capaz de llevarme al límite, de soportar el estrés y el cansancio con una mezcla de orgullo y diversión. Me gustaba sentir que podía con todo. Que estaba construyendo algo. Que cada esfuerzo, cada experiencia y cada hora invertida tendrían su recompensa en el futuro.
Creía sinceramente que aquella era la mejor manera de vivir: experimentar todo lo que estuviera a mi alcance, aprender cuanto pudiera y trabajar para alcanzar algún día la independencia y la estabilidad que tanto deseaba.
Y lo curioso es que ese día ha llegado.
Hoy puedo decir que he conseguido buena parte de aquello por lo que tanto me esforcé. Me siento independiente, estable y en un momento de fortaleza mental que valoro muchísimo.
Sin embargo, también estoy cansada.
Cansada de sentir que el tiempo siempre tiene que invertirse en algo útil. De convertir los días en una sucesión de tareas pendientes. De esa necesidad casi inconsciente de justificar cada hora con algún resultado.
Y empiezo a preguntarme algo que antes ni siquiera me habría planteado: ¿y si aprovechar el tiempo también consistiera en dejarlo pasar?
Quiero descansar. Pero no me refiero únicamente a dormir más o a tener menos obligaciones. Quiero aprender a estar presente en mi propia vida.
Quiero fijarme en los minutos que pasan. Sentarme sin ninguna finalidad concreta. Preguntarme cómo estarán viviendo otras personas, en este preciso instante, en algún lugar remoto del mundo. Imaginar sus rutinas, sus preocupaciones, sus pequeñas alegrías.
Quiero bajarle las revoluciones a todo.
Quiero permitirme quedarme con la mente como una ameba, sin sentir que estoy desperdiciando nada. Divagar cómodamente sobre alguna cuestión que me interese, perderme en mis pensamientos o, sencillamente, no pensar en nada importante.
Quizá lo que necesito no es tener más tiempo, sino cambiar mi relación con él.
Y tengo la sensación de que la filosofía va a desempeñar un papel importante en todo esto.
Acabo de comenzar una carrera que, sospecho, va a poner patas arriba muchas de las ideas sobre las que he construido mi manera de entender la vida. Y, lejos de asustarme, esa posibilidad me resulta tremendamente estimulante.
Porque después de tantos años intentando construir la vida que quería, quizá haya llegado el momento de detenerme a pensar cómo quiero vivirla.
Ya no quiero llenar el tiempo. Quiero sentir que lo estoy viviendo.
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